
En estos ocho meses otra de las cosas que he hecho ha sido conocer Paris, porque, señoras y señores, moi no conocía Paris. Bueno, lo de no conocer Paris es algo que en el mundo occidental casi, casi, no se puede afirmar, porque ¡todo el mundo conoce Paris! Todos hemos disfrutado con las aventuras de d´Artagnan y sus tres amigos aunque sea en cualquiera de las múltiples versiones existentes en el cine (lástima que seamos muchos menos los que nos hayamos deleitado con la lectura de la novela – muchos menos todavía con cualquiera de las dos siguientes obras con los mismos protagonistas, Veinte años después y El vizconde Bragelonne). Quien más quien menos conoce la triste historia del jorobado de Notre Dame y por lo tanto se ha deslumbrado, aunque sea mentalmente, con las vidrieras de dicha seo. Conocemos las calles de la ciudad que baña el Sena gracias a las miles de imágenes de aquel denostado mayo del año 68 o de cualquiera de las extraordinarias fotografías de los más prestigiosos fotógrafos de todos los tiempos. En nuestra memoria global de mentes occidentales, casi me atrevería a decir que de mentes europeas, porque América es otra historia, los años de la revolución francesa nos han marcado la manera de ser, pensar y actuar… o lo deberían haber hecho porque la Liberté, Fraternité y Egalité eran los cimientos de nuestras sociedades “democráticas”. Eran. En esa plaza de la Bastille, aunque sea con la imaginación, todos hemos visto rodar la cabeza del totalitarismo, cabeza que desgraciadamente volvió a surgir del cuerpo de la France. Todas y todos hemos recorrido los salones de la opulencia con sus miles de espejos en Versailles y ahí últimamente hemos bailado a ritmo de rock con las mismísima María Antonieta o cantado con Nicole Kidman en el Moulin Rouge. Hemos llorado la muerte de Mimi en el Barrio Latino con la ópera La Bohème y nos hemos deleitado con los versos de Cyrano en ese Paris del XVII. Hemos estudiado la historia y el misterio que rodean la obra quizás más famosa del museo quizás más famoso del mundo, La Gioconda, Mona Lisa en el Louvre, el antiguo palacio donde Athos, Portos y Aramis prestan sus servicios junto al gascón… y volvemos al principio. Paris. Lo siento, tengo que ponerlo. La Bergman y mister Bogart nos lo dijeron bien claro. Siempre nos quedará Paris.
Y que quede claro que yo no vi todo eso. Me dediqué en los cuatro días que estuve a emborracharme de champagne, a cenar en un maravilloso pic-nic en el canal de Saint-Martin, ahí donde Amelie se dedica a tirar piedras, a intentar que mi amigo no roncase en la Ópera Garnier en la parte trasera del palco, a comer en el extraordinario restaurante del Instituto del Mundo Árabe, a visitar la exposición de Louise Bourgeois en el Pompidou, a deambular por el barrio parisino más “liberado“, Le Marais, a pasear en la noche por los jardines del Louvre, a dormir la siesta bajo la sombra de Eiffel, a pelearme con japonesas en las torres de Notre Dame mientras se sacaban fotografías con las gárgolas y a bailar en los puentes de Paris. Durmiendo poco, allí en Saint-Dennis, esa calle desde donde hacía su entrada en la ciudad el monarca francés y que luego ocuparon las prostitutas. Este año 2009, de nuevo, Paris.
Por cierto, os dejo una escena que me encanta de una de mis películas favoritas, The Dreamers, Los soñadores, de Bertolucci, que se desarrolla en el Paris del 68. Desafortunadamente he tenido que poner la versión doblada, ya que la versión original subtitulada y un poco más extensa que la actual nos la quitaron de youtube nada más insertarla en el blog (hay gente que todavía entiende internet como una plataforma privada). En esta escena, después de una discusión sobre Chaplin y Keaton, Theo e Isabelle, hermano y hermana, deciden batir el record de rapidez en atravesar el Louvre. Mathew aunque no está muy decidido accede al final y… comienza el ménage à trois: