
He llegado veinte minutos antes a la cafetería del auditorio, me he pedido un té al jazmín, he abierto el netbook y me he puesto a escribir notas para posteriores posts. A las siete, puntualidad inglesa, ha llegado mi acompañante (y quien me invitaba) del concierto de esta tarde. Belshazzar, de Haendel. Por cierto, en estos momentos en que escribo el post estoy deleitándome con el regalo inesperado que me ha hecho, nada más y nada menos que los cuatro conciertos para piano de Rachmaninov interpretados en grabaciones históricas por el propio autor.
Quince minutos antes del comienzo del oratorio semiescenificado nos hemos acomodado en las confortables butacas de la cuarta fila lateral que teníamos (gentileza de la orquesta titular del ciclo al que asistíamos) justo detrás del director de escena y la jefa de vestuario. En la segunda parte nos hemos aposentado en dos butacas libres en segunda fila central, y a mi eso de poder ver el sudor y esfuerzo de cantantes e instrumentistas es algo que me parece maravilloso.
La orquesta invitada, Wiener Akademie, que ha tocado con instrumentos de época, ha estado muy correcta en el tratamiento del oratorio. De manera particular me han gustado los oboes. El coro Sine Nomine ha estado excepcional (de manera particular los bajos y barítonos). En cuanto a los solistas la luz no se ha hecho hasta que ha aparecido Markus Brutscher en el papel de Belshazzar, que pese a su faringitis, ha sido, sin duda, lo mejor de la tarde-noche.
Es una obviedad decirlo, pero asistir a un concierto de estas características con un miembro de la orquesta titular del ciclo es un lujo que nunca, hasta ahora, había tenido.
El oratorio terminado por Haendel en 1745 relata la historia recogida en el libro bíblico de Daniel sobre el exilio del pueblo hebreo tras la invasión de Nabucodonosor y la ascensión al trono de su nieto Belshazzar que debía ser un hombre bastante animado y dado a las fiestas (fiestones-orgías-banquetes…). El caso es que Jehova estaba bastante harto del monarca por sus desvaríos tales como utilizar las copas del templo de Jerusalén en sus juergas (algo que éstaba por lo visto muy mal visto) y le avisó con tres misteriosas palabras escritas en los muros del palacio babilonio: Mene, Tekel y Upharsin. Y como nadie entendía el significado de tales palabras tuvo que venir el tal Daniel para decirles que significaba ni más ni menos que el Belshazzar tenía sus días contados e incluso que el rey persa Ciro iba a ser el encargado de mandarlo con sus espectáculos al otro barrio. Así que volvió el aburrimiento por aquellos lares. Dicho y hecho.
El oratorio fue un fracaso tal en su momento (no gustó ni a los mercaderes judíos que costeaban las megaproducciones del señor Haendel) que lo retiró a las iglesias y poco a poco se fue olvidando. Afortunadamente se ha rescatado del olvido al que fue condenado. Por lo tanto creo que es una auténtica gozada haber podido escuchar una versión semi-escenificada de Belshazzar. ¡Bravo por la Wiener Akademie!
Y como siempre, un ejemplo de lo escuchado en esta velada, en este caso con la Akademie für alte Musik Berlin dirigida por René Jacobs: