
No, no ha sido este un embarazo normal. Ha tenido muchos sinsabores y resulta que por no cumplir no lo ha hecho ni con los nueve meses de rigor. El parto ha sido después de ocho meses y, como todos los partos, ha sido doloroso. Y gozoso. En la anterior etapa comenzaba el blog pidiendo perdón por llamarle amor, lo hicimos también en italiano, nos paseamos por el Tibet, nos maravillamos con Vivaldi y su Disi Dominus y sobre todo con monsieur Jaroussky, 40 años después recordamos a un luchador por los derechos civiles de todas las razas en su pais que no pudo conocer la llegada a la Casa Blanca de una persona de su misma raza (¿será B. Hussein O. luchador por los derechos civiles de todas las razas en cualquier parte del globo?), festejamos el centenario del nacimiento del más melómano de los directores de orquesta, miramos nuestro propio interior, nos sorprendimos con la lógica de las matemáticas en torno a un crimen oxfordniano, escuchamos una música campestre de Jenkins, nos reímos con Pomponio, disfrutamos con la sinfonía de un nuevo mundo, soñamos en medio de un crimen con la posibilidad de un manuscrito desconocido de Shakespeare y… se acabó lo que se daba.
Ocho meses después quiero festejar mi victoria personal sobre mi mismo, de la misma manera que Chaikovski festejó maravillosamente la victoria del pueblo ruso sobre las fuerzas napoleónicas en su Obertura 1812. Con campanas de alegría y cañonazos de victoria, así es como está hoy mi maltrecho corazón.
[...] de hacer un repaso a lo leído y escuchado en estos ocho meses de convalecencia-embarazo quiero comentar un libro que me he leído en este fin de semana que he [...]