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Uno de los regalos inesperados (suelen ser los mejores) de estas pasadas Navidades ha sido un libro de consulta sobre música clásica. Un auténtico libro de referencia para quien quiera conocer las obras que componen la música sinfónica. Esta denominación, en este caso, abarca las sinfonías, naturalmente, los conciertos, los poemas sinfónicos, las suites de orquesta, divertimentos, serenatas, oberturas de concierto, oberturas de ópera y excepcionalmente extractos sinfónicos de óperas y ballets. Es decir, lo que normalmente se programa en las salas de conciertos.

El libro es obra de varios musicólogos dirigidos por Francois-René Tranchefort y está editado en castellano por Alianza Editorial en su apartado Alianza Diccionarios. Es la Segunda edición revisada y la versión española es de Eduardo Rincón.

La obra empieza con una brevísima introducción y se desarrolla según el orden alfabético de los compositores. Cada entrada de compositor contiene una pequeña biografía y seguidamente las obras comentadas. Finalmente hay un pequeño glosario y el índice por autores.

En definitiva una obra indispensable para cualquier melómano y pensada tanto para estudiosos como para aficionados ya que tiene un lenguaje ameno sin dejar de lado tecnicismos. La única pega de esta obra es su precio, ya que cuesta la friolera de ¡99 euros!

Os dejo con una obra sinfónica de esas que se escuchan una y otra vez sin cansarte ni aburrirte (¡cómo para aburrirte con ésto!). En este caso es el coro final de la Octava de Mahler dirigida, otra vez, por el extraordinario Bernstein:

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Hoy es el día. El mundo entero estará atento al discurso del primer presidente afroamericano de la historia de Estados Unidos. Allí, en las escalinatas del Capitolio, bajo la mirada de Lincoln, cuatro millones de personas en directo y el planeta entero a través de televisiones, radios e internet escuchará unas palabras que probablemente pasarán a la historia. Espero que pasen a la historia para bien, como parte de esa historia son unas palabras que, desgraciadamente, pertenecen a la ficción, una ficción bella y esperanzadora. Chaplin, en El gran dictador, pronuncia el discurso final ante miles y miles de soldados. Todos contienen la respiración para saber qué dice el mandatario… y de la boca de Charlie Chaplin salen unas de las palabras más maravillosas que se hayan podido escuchar jamás. Hoy un discurso de entrada. En la memoria un discurso final.

Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oirme, les digo: no deseperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de personas que temen seguir el camino del progreso humano.

El odio pasará y caerán los dictadores, y el poder que se le quitó al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Ser Humano exista, la libertad no perecerá.

Ha dicho que será un camino largo y difícil. Tiene como ejemplo entre otros a Martin Luther King. Ha dicho que recuperará y llenará de contenido el sueño de King. Que así sea.

 

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En estos ocho meses otra de las cosas que he hecho ha sido conocer Paris, porque, señoras y señores, moi no conocía Paris. Bueno, lo de no conocer Paris es algo que en el mundo occidental casi, casi, no se puede afirmar, porque ¡todo el mundo conoce Paris! Todos hemos disfrutado con las aventuras de d´Artagnan y sus tres amigos aunque sea en cualquiera de las múltiples versiones existentes en el cine (lástima que seamos muchos menos los que nos hayamos deleitado con la lectura de la novela – muchos menos todavía con cualquiera de las dos siguientes obras con los mismos protagonistas, Veinte años después y El vizconde Bragelonne). Quien más quien menos conoce la triste historia del jorobado de Notre Dame y por lo tanto se ha deslumbrado, aunque sea mentalmente, con las vidrieras de dicha seo. Conocemos las calles de la ciudad que baña el Sena gracias a las miles de imágenes de aquel denostado mayo del año 68 o de cualquiera de las extraordinarias fotografías de los más prestigiosos fotógrafos de todos los tiempos. En nuestra memoria global de mentes occidentales, casi me atrevería a decir que de mentes europeas, porque América es otra historia, los años de la revolución francesa nos han marcado la manera de ser, pensar y actuar… o lo deberían haber hecho porque la Liberté, Fraternité y Egalité eran los cimientos de nuestras sociedades “democráticas”. Eran. En esa plaza de la Bastille, aunque sea con la imaginación, todos hemos visto rodar la cabeza del totalitarismo, cabeza que desgraciadamente volvió a surgir del cuerpo de la France. Todas y todos hemos recorrido los salones de la opulencia con sus miles de espejos en Versailles y ahí últimamente hemos bailado a ritmo de rock con las mismísima María Antonieta o cantado con Nicole Kidman en el Moulin Rouge. Hemos llorado la muerte de Mimi en el Barrio Latino con la ópera La Bohème y nos hemos deleitado con los versos de Cyrano en ese Paris del XVII. Hemos estudiado la historia y el misterio que rodean la obra quizás más famosa del museo quizás más famoso del mundo, La Gioconda, Mona Lisa en el Louvre, el antiguo palacio donde Athos, Portos y Aramis prestan sus servicios junto al gascón… y volvemos al principio. Paris. Lo siento, tengo que ponerlo. La Bergman y mister Bogart nos lo dijeron bien claro. Siempre nos quedará Paris.

Y que quede claro que yo no vi todo eso. Me dediqué en los cuatro días que estuve a emborracharme de champagne, a cenar en un maravilloso pic-nic en el canal de Saint-Martin, ahí donde Amelie se dedica a tirar piedras, a intentar que mi amigo no roncase en la Ópera Garnier en la parte trasera del palco, a comer en el extraordinario restaurante del Instituto del Mundo Árabe, a visitar la exposición de Louise Bourgeois en el Pompidou, a deambular por el barrio parisino más “liberado“, Le Marais, a pasear en la noche por los jardines del Louvre, a dormir la siesta bajo la sombra de Eiffel, a pelearme con japonesas en las torres de Notre Dame mientras se sacaban fotografías con las gárgolas y a bailar en los puentes de Paris. Durmiendo poco, allí en Saint-Dennis, esa calle desde donde hacía su entrada en la ciudad el monarca francés y que luego ocuparon las prostitutas. Este año 2009, de nuevo, Paris.

Por cierto, os dejo una escena que me encanta de una de mis películas favoritas, The Dreamers, Los soñadores, de Bertolucci, que se desarrolla en el Paris del 68. Desafortunadamente he tenido que poner la versión doblada, ya que la versión original subtitulada y un poco más extensa que la actual nos la quitaron de youtube nada más insertarla en el blog (hay gente que todavía entiende internet como una plataforma privada). En esta escena, después de una discusión sobre Chaplin y Keaton, Theo e Isabelle, hermano y hermana, deciden batir el record de rapidez en atravesar el Louvre. Mathew aunque no está muy decidido accede al final y… comienza el ménage à trois:

wienerakademie

He llegado veinte minutos antes a la cafetería del auditorio, me he pedido un té al jazmín, he abierto el netbook y me he puesto a escribir notas para posteriores posts. A las siete, puntualidad inglesa, ha llegado mi acompañante (y quien me invitaba) del concierto de esta tarde. Belshazzar, de Haendel. Por cierto, en estos momentos en que escribo el post estoy deleitándome con el regalo inesperado que me ha hecho, nada más y nada menos que los cuatro conciertos para piano de Rachmaninov interpretados en grabaciones históricas por el propio autor.

Quince minutos antes del comienzo del oratorio semiescenificado nos hemos acomodado en las confortables butacas de la cuarta fila lateral que teníamos (gentileza de la orquesta titular del ciclo al que asistíamos) justo detrás del director de escena y la jefa de vestuario. En la segunda parte nos hemos aposentado en dos butacas libres en segunda fila central, y a mi eso de poder ver el sudor y esfuerzo de cantantes e instrumentistas es algo que me parece maravilloso.

La orquesta invitada, Wiener Akademie, que ha tocado con instrumentos de época, ha estado muy correcta en el tratamiento del oratorio. De manera particular me han gustado los oboes. El coro Sine Nomine ha estado excepcional (de manera particular los bajos y barítonos). En cuanto a los solistas la luz no se ha hecho hasta que ha aparecido Markus Brutscher en el papel de Belshazzar, que pese a su faringitis, ha sido, sin duda, lo mejor de la tarde-noche.

Es una obviedad decirlo, pero asistir a un concierto de estas características con un miembro de la orquesta titular del ciclo es un lujo que nunca, hasta ahora, había tenido.

El oratorio terminado por Haendel en 1745 relata la historia recogida en el libro bíblico de Daniel sobre el exilio del pueblo hebreo tras la invasión de Nabucodonosor y la ascensión al trono de su nieto Belshazzar que debía ser un hombre bastante animado y dado a las fiestas (fiestones-orgías-banquetes…). El caso es que Jehova estaba bastante harto del monarca por sus desvaríos tales como utilizar las copas del templo de Jerusalén en sus juergas (algo que éstaba por lo visto muy mal visto) y le avisó con tres misteriosas palabras escritas en los muros del palacio babilonio: Mene, Tekel y Upharsin. Y como nadie entendía el significado de tales palabras tuvo que venir el tal Daniel para decirles que significaba ni más ni menos que el Belshazzar tenía sus días contados e incluso que el rey persa Ciro iba a ser el encargado de mandarlo con sus espectáculos al otro barrio. Así que volvió el aburrimiento por aquellos lares. Dicho y hecho.

El oratorio fue un fracaso tal en su momento (no gustó ni a los mercaderes judíos que costeaban las megaproducciones del señor Haendel) que lo retiró a las iglesias y poco a poco se fue olvidando. Afortunadamente se ha rescatado del olvido al que fue condenado. Por lo tanto creo que es una auténtica gozada haber podido escuchar una versión semi-escenificada de Belshazzar. ¡Bravo por la Wiener Akademie!

Y como siempre, un ejemplo de lo escuchado en esta velada, en este caso con la Akademie für alte Musik Berlin dirigida por René Jacobs:

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Antes de hacer un repaso a lo leído y escuchado en estos ocho meses de convalecencia-embarazo quiero comentar un libro que me he leído en este fin de semana que he estado disfrutando de la calidez del hogar, un fin de semana de esos que aprovechas para ordenar, guardar, limpiar, saborear tranquilamente un te con naranja y chocolate mientras lees tranquilamente en el sofá y escuchas (o por lo menos tienes de fondo) música de Mahler, Brahms o cualquiera de los cuartetos de Beethoven. En este caso me puse unas sinfonías de Sibelius dirigidas por Bernstein que me han regalado en estas pasadas navidades y que forman parte de unos estupendos cofres o cajas de música que Deutsche Grammophon ha editado con las grabaciones completas del genial Lenny para este sello. Y me puse esta música para leer a un escritor finlandés llamado Arto Paasilinna con su obra La dulce envenenadora. No es una novela extensa, ni mucho menos (algo menos de doscientas páginas), ni complicada (se lee en un fin de semana, tal y como he señalado). Mi librero Javier se la recomendó a mi tía para regalárselo a mi padre. Según Javier es un libro con un humor muy original. Y tiene razón, como casi siempre. La trama del libro relata la defensa que de su propia persona hace una viejita encantadora e ingenua que con su inocencia hace un uso diferente al pensado del veneno que ha preparado para ella misma. Un libro divertido y original que, en mi caso, me acerca a ese país llamado Finlandia. Solo espero que la descripción que de la juventud y el sistema finlandés se hace en el libro sea una exageración tomada como licencia literaria.

Me hubiese gustado colgar aquí un video de Bernstein dirigiendo a la Filarmónica de Viena interpretando Sibelius pero me ha sido imposible encontrar nada de nada. Así que os dejo un video con imágenes de Finlandia mientras la Orquesta Filarmónica de Oslo dirigida por Mariss Jansons interpreta el Andante festivo del compositor finlandés fechada en 1930. No hay que decir que si alguien encontrase alguna grabación en vídeo de Bernstein dirigiendo Sibelius me lo comunique, por favor.

Afortunadamente acabo de encontrar una antigua grabación de Bernstein dirigiendo la 2ª de Sibelius. El vídeo es un fragmento muy corto y seguramente lo he encontrado no por la música, que es una maravilla, si no por la anécdota que durante el fragmento se puede ver. Bernstein, tan pasional en su forma de dirigir (demasiado para algunos, extraordinario para otros) hay un momento en que pierde su batuta, que sale volando por los aires (yo creo que cae sobre el primer violín) y con toda normalidad (creo que hasta sonríe) la sustituye por otra que tiene en el atril. Aparte de la anécdota es un lujo ver y escuchar esta grabación, aunque desgraciadamente es muy corta.

embarazo

No, no ha sido este un embarazo normal. Ha tenido muchos sinsabores y resulta que por no cumplir no lo ha hecho ni con los nueve meses de rigor. El parto ha sido después de ocho meses y, como todos los partos, ha sido doloroso. Y gozoso. En la anterior etapa comenzaba el blog pidiendo perdón por llamarle amor, lo hicimos también en italiano, nos paseamos por el Tibet, nos maravillamos con Vivaldi y su Disi Dominus y sobre todo con monsieur Jaroussky, 40 años después recordamos a un luchador por los derechos civiles de todas las razas en su pais que no pudo conocer la llegada a la Casa Blanca de una persona de su misma raza (¿será B. Hussein O. luchador por los derechos civiles de todas las razas en cualquier parte del globo?), festejamos el centenario del nacimiento del más melómano de los directores de orquesta, miramos nuestro propio interior, nos sorprendimos con la lógica de las matemáticas en torno a un crimen oxfordniano, escuchamos una música campestre de Jenkins, nos reímos con Pomponio, disfrutamos con la sinfonía de un nuevo mundo, soñamos en medio de un crimen con la posibilidad de un manuscrito desconocido de Shakespeare y… se acabó lo que se daba.

Ocho meses después quiero festejar mi victoria personal sobre mi mismo, de la misma manera que Chaikovski festejó maravillosamente la victoria del pueblo ruso sobre las fuerzas napoleónicas en su Obertura 1812. Con campanas de alegría y cañonazos de victoria, así es como está hoy mi maltrecho corazón.

 

 

De Palestina nos trasladamos a New York porque es ahí, en la Gran Manzana, donde transcurre casi toda la trama de esta novela. Un aunténtico puzzle con tres tramas, tres tiempos y tres personajes principales que conforme transcurren las páginas van confluyendo hasta llegar al final. Un auténtico thriller apasionante con un elemento excitante: la aparición de unas cartas manuscritas que parecen indicar un legado oculto de William Shakespeare y la mafia rusa detrás de todo ello. El autor de tan soberbio trabajo es el neoyorkino Michael Gruber.

Y aquí os dejo el trailer original de Chinatown, otra obra maestra que en esta novela se nombra unas cuantas veces:

En 1893, casi recién llegado a Nueva York, Antonín Dvořák compuso esta sinfonía, la obra más conocida del compositor checo y, sin duda, una de las más populares de la música sinfónica de todos los tiempos. La obra fue estrenada en diciembre de ese mismo año en el Carnegie Hall de la ciudad de los rascacielos. Aunque el propio compositor señaló la música nativa americana y la espiritual afroamericana como influencias claras de su obra, las melodías populares de su Bohemia natal se perciben durante toda la composición. Leonard Bernstein dijo que era una obra multiracial. El segundo movimiento de la sinfonía, el Largo, fue adaptado a un espiritual del compositor Harry Burleigh, titulado Goin´Home es archiconocido y asimismo interpretado en todo el mundo. Esta melodía, dicen, la tocaba la orquesta del trasatlántico Titanic mientras se hundía en aguas del Atlántico. El cuarto movimiento, el Allegro con fuoco, es también una de las partes más conocidas y fuente de inspiración de muchos otros compositores.

Uno de mis mejores recuerdos de cuando era niño y me llevaban de vez en cuando a la iglesia y todavía tenía paciencia, es el coro de esa parroquia al lado de casa de mis abuelos maternos, un coro de los buenos, con órgano y algunos instrumentos de vez en cuando, que me hacían esperar con deseo el final de las palabras del cura para que cantasen algo. Pues bien, este coro interpretaba a menudo una obra que llevaba como título Oh Señor! Junto a Ti yo quisiera estar, que no es otra que el espiritual negro que toma como melodía el Largo de la Sinfonía. Al cabo de los años ese coro se convirtió en un coro de iglesia, propiamente dicho. Y como yo, para escuchar cantar a señoras prefería a mi abuela, que era toda una señora, pues empecé a perder la paciencia y a no querer ir de vez en cuando a la iglesia, para desencanto de la señora que era mi abuela.

Os dejo para disfrutar de esta obra con un excelente vídeo de Karajan dirigiendo la Filarmónica de Viena en el cuarto movimiento:

Y de Oxford nos vamos hasta Nazaret, en tiempos de una familia muy famosa, con quien nuestro protagonista coincidirá en su estancia en aquel pueblo palestino. Resulta que el romano Pomponio Flato, viajero empedernido va buscando unas aguas de efectos impresionantes, ya que le da sabuduría a quien la bebe. Esto le origina multitud de problemas intestinales en sus múltiples formas (que no voy a enumerar) hasta que llega a Nazaret y se encuentra con el hijo de un carpintero de la localidad acusado de asesinato. Con este hijo del carpintero, llamado Jesús, buscará la forma de salvar al padre de una ejecución a todas luces injusta. Un libro escrito en clave de humor, con ese humor del que solo sabe hacer gala Eduardo Mendoza. Una satírica novela de detectives. El asombroso viaje de Pomponio Flato, Eduardo Mendoza. Editorial Seix Barral. Una lectura necesaria en estos tiempos en que todo es tan serio e intocable.

Después de terminar Los crímenes de Oxford, libro muy bien estructurado y desde luego ameno, me entraron unas ganas impresionantes de darle al coco con problemas matemáticos y me encontré con uno por ahí que os lo pongo para que le déis vueltas a la cabeza. Para que no se os haga tan duro os dejo un video del impresionante Karl Jenkins con Cantorion y la Cory Band que mucho me temo os dejará por un momento sin capacidad para hacer otra cosa que no sea impregnaros de esas voces y vientos… así que no os quedará más remedio que darle vueltas al problema tras recuperaros de la melodía. Este es el problema:

Encontrar un número de 6 cifras, de manera que sumando las cifras de su resultado al multiplicarlo por 1, 2, 3, 4, 5 y 6 siempre sea el mismo: 27. Las 6 cifras del número que se busca deben ser del 1 al 9 y todas diferente. ¡Ánimo!

Y este el vídeo. ¡Disfrutad!

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